Cristina de Pizán

Si fuera costumbre mandar a las niñas a las escuelas e hiciéranles luego aprender las ciencias, cual se hace con los niños, ellas aprenderían a la perfección y entenderían las sutilezas de todas las artes y ciencias por igual a ellos…pues…aunque en tanto que mujeres tienen un cuerpo más delicado que los hombres, más débil y menos apto para hacer algunas cosas, tanto ,más agudo y libre tienen el entendimiento cuando lo aplican.

Ha llegado el momento de que las severas leyes de los hombres dejen de impedirles a las mujeres el estudio de las ciencias y otras disciplinas.

Me parece que aquellas de nosotras que puedan valerse de esta libertad, codiciada durante tanto tiempo, deben estudiar para demostrarles a los hombres lo equivocados que estaban al privarnos de este honor y beneficio.

Y si alguna mujer aprende tanto como para escribir sus pensamientos, que lo haga y que no desprecie el honor sino más bien que lo exhiba, en vez de exhibir ropas finas, collares o anillos. Estas joyas son nuestras porque las usamos, pero el honor de la educación es completamente nuestro.

La ciudad de las damas 

Este increíble texto fue escrito ni más ni menos que a finales del siglo XIV. Acabo de descubrir hace unos días la figura de esta increíble mujer. Os dejo aquí algunos datosde esta mujer única:

Cristina de Pizán, poeta, prosista y humanista francesa. Nacida en Venecia en 1364, Cristina tuvo una infancia privilegiada: su padre era un importante médico veneciano, llamado a Francia por Carlos V el Prudente cuando ella era aún muy niña. Se crió en el magnífico entorno del Louvre y fue instruida por su propio padre en el conocimiento de los clásicos, en el amor por la literatura y las ciencias. A los quince años se casó con uno de los secretarios del rey, del cual, según sus escritos, estuvo muy enamorada.

Todo parecía tranquilo en aquella vida acomodada, pero el destino fue implacable con tan sólo 25 años perdió a su padre y a su marido. Desde ese momento, se vio obligada a sacar adelante a su madre y sus tres hijos aún muy pequeños. Y lo hizo gracias al don que tenía para la escritura. Sus recopilaciones de poemas, sus tratados morales, políticos e históricos, hicieron que pudiera mantener a los suyos.

La voz de Cristina de Pizán es muy importante en cuanto llega hasta nosotros como una de las primeras referencias de esa forma de pensamiento igualitario que con los siglos sería llamada feminismo. Culta, valiente, llena de talento y solidaria, inició un intenso debate -la “querelle des dames”- con algunos de los sabios más reconocidos de su tiempo, en torno a la condición femenina: Cristina empuñó la pluma para defender la idea de que las mujeres podían ser inteligentes, virtuosas y valientes, y no necesariamente estúpidas y viciosas, como tantos tratadistas misóginos sostenían. Destacamos su obra en prosa en la que defiende a las mujeres frente a las calumnias de Meung en el Roman de la Rose. En ésta se incluyen Epístola del amor, que fue escrita para oponerse a las actitudes cortesanas con respecto al amor, y Las ciudad de las damas, una relación de las hazañas heroicas de las mujeres. También es digna de mención su autobiografía La visión de Christine, réplica a sus detractores.

Añadir comentario noviembre 7, 2006 Goly

Presentación

Una excusa, un homenaje.

Durante miles de años, la pluma ha sido esgrimida como arma por la mitad de la humanidad para excluir, mortificar, ningunear y humillar a la otra mitad.
A lo largo de esto siglos, algunas mujeres (no muchas, en verdad) han logrado escapar de la ignorancia y el oscurantismo en el que centenares de años de reinado patriarcal las habían sumido. Con mejor o peor fortuna, pero siempre con un infinito coraje, todas ellas se enfrentaron a la autoridad establecida y tomaron la palabra, no para herir al contrario sino para hacerse valer, hacerse oír, con voz queda pero firme, por encima de imposiciones.
Este es un pequeño homenaje al trabajo y los esfuerzos de todas ellas. Mi corona de flores de palabras.

Añadir comentario octubre 19, 2006 Goly

Poemas de sor Juana Inés de la Cruz


Ella, Sor Juana es, sin duda, una de las figuras más relevantes de la historia de la literatura en español, pero es, además, una de las principales defensoras del papel de la mujer en la cultura. Lo que, en su vida personal, no le trajo sino desgracias.

Hombres necios que acusáis

Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis
para prentendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión, ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende?,
¿si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?

Mas, entre el enfado y la pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es de más culpar,
aunque cualquiera mal haga;
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

¿Pues, para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

FINJAMOS QUE SOY FELIZ

Finjamos que soy feliz,
triste pensamiento, un rato;
quizá prodréis persuadirme,
aunque yo sé lo contrario,
que pues sólo en la aprehensión
dicen que estriban los daños,
si os imagináis dichoso
no seréis tan desdichado.

Sírvame el entendimiento
alguna vez de descanso,
y no siempre esté el ingenio
con el provecho encontrado.
Todo el mundo es opiniones
de pareceres tan varios,
que lo que el uno que es negro
el otro prueba que es blanco.

A unos sirve de atractivo
lo que otro concibe enfado;
y lo que éste por alivio,
aquél tiene por trabajo.

El que está triste, censura
al alegre de liviano;
y el que esta alegre se burla
de ver al triste penando.

Los dos filósofos griegos
bien esta verdad probaron:
pues lo que en el uno risa,
causaba en el otro llanto.

Célebre su oposición
ha sido por siglos tantos,
sin que cuál acertó, esté
hasta agora averiguado.

Antes, en sus dos banderas
el mundo todo alistado,
conforme el humor le dicta,
sigue cada cual el bando.

Uno dice que de risa
sólo es digno el mundo vario;
y otro, que sus infortunios
son sólo para llorados.

Para todo se halla prueba
y razón en qué fundarlo;
y no hay razón para nada,
de haber razón para tanto.

Todos son iguales jueces;
y siendo iguales y varios,
no hay quien pueda decidir
cuál es lo más acertado.

Pues, si no hay quien lo sentencie,
¿por qué pensáis, vos, errado,
que os cometió Dios a vos
la decisión de los casos?

O ¿por qué, contra vos mismo,
severamente inhumano,
entre lo amargo y lo dulce,
queréis elegir lo amargo?

Si es mío mi entendimiento,
¿por qué siempre he de encontrarlo
tan torpe para el alivio,
tan agudo para el daño?

El discurso es un acero
que sirve para ambos cabos:
de dar muerte, por la punta,
por el pomo, de resguardo.

Si vos, sabiendo el peligro
queréis por la punta usarlo,
¿qué culpa tiene el acero
del mal uso de la mano?

No es saber, saber hacer
discursos sutiles, vanos;
que el saber consiste sólo
en elegir lo más sano.

Especular las desdichas
y examinar los presagios,
sólo sirve de que el mal
crezca con anticiparlo.

En los trabajos futuros,
la atención, sutilizando,
más formidable que el riesgo
suele fingir el amago.

Qué feliz es la ignorancia
del que, indoctamente sabio,
halla de lo que padece,
en lo que ignora, sagrado!

No siempre suben seguros
vuelos del ingenio osados,
que buscan trono en el fuego
y hallan sepulcro en el llanto.

También es vicio el saber,
que si no se va atajando,
cuando menos se conoce
es más nocivo el estrago;
y si el vuelo no le abaten,
en sutilezas cebado,
por cuidar de lo curioso
olvida lo necesario.

Si culta mano no impide
crecer al árbol copado,
quita la sustancia al fruto
la locura de los ramos.

Si andar a nave ligera
no estorba lastre pesado,
sirve el vuelo de que sea
el precipicio más alto.

En amenidad inútil,
¿qué importa al florido campo,
si no halla fruto el otoño,
que ostente flores el mayo?

¿De qué sirve al ingenio
el producir muchos partos,
si a la multitud se sigue
el malogro de abortarlos?

Y a esta desdicha por fuerza
ha de seguirse el fracaso
de quedar el que produce,
si no muerto, lastimado.

El ingenio es como el fuego,
que, con la materia ingrato,
tanto la consume más
cuando él se ostenta más claro.

Es de su propio Señor
tan rebelado vasallo,
que convierte en sus ofensas
las armas de su resguardo.

Este pésimo ejercicio,
este duro afán pesado,
a los ojos de los hombres
dio Dios para ejercitarlos.

¿Qué loca ambición nos lleva
de nosotros olvidados?
Si es para vivir tan poco,
¿de qué sirve saber tanto?
¡Oh, si como hay de saber,
hubiera algún seminario
o escuela donde a ignorar
se enseñaran los trabajos!

¡Qué felizmente viviera
el que, flojamente cauto,
burlara las amenazas
del influjo de los astros!

Aprendamos a ignorar,
pensamiento, pues hallamos
que cuanto añado al discurso,
tanto le usurpo a los años.

ESTOS VERSOS LECTOR MIO

Estos versos, lector mío,
que a tu deleite consagro,
y sólo tienen de buenos
conocer yo que son malos,
ni disputártelos quiero,
ni quiero recomendarlos,
porque eso fuera querer
hacer de ellos mucho caso.

No agradecido te busco:
pues no debes, bien mirado,
estimar lo que yo nunca
juzgué que fuera a tus manos.
En tu libertad te pongo,
si quisieres censurarlos;
pues de que, al cabo, te estás
en ella, estoy muy al cabo.

No hay cosa más libre que
el entendimiento humano;
pues lo que Dios no violenta,
por qué yo he de violentarlo?

Di cuanto quisieres de ellos,
que, cuanto más inhumano
me los mordieres, entonces
me quedas más obligado,
pues le debes a mi musa
el más sazonado plato
(que es el murmurar), según
un adagio cortesano.
Y siempre te sirvo, pues,
o te agrado, o no te agrado:
si te agrado, te diviertes;
murmuras, si no te cuadro.

Bien pudiera yo decirte
por disculpa, que no ha dado
lugar para corregirlos
la priesa de los traslados;
que van de diversas letras,
y que algunos, de muchachos,
matan de suerte el sentido
que es cadáver el vocablo;
y que, cuando los he hecho,
ha sido en el corto espacio
que ferian al ocio las
precisiones de mi estado;
que tengo poca salud
y continuos embarazos,
tales, que aun diciendo esto,
llevo la pluma trotando.

Pero todo eso no sirve,
pues pensarás que me jacto
de que quizá fueran buenos
a haberlos hecho despacio;
y no quiero que tal creas,
sino sólo que es el darlos
a la luz, tan sólo por
obedecer un mandato.

Esto es, si gustas creerlo,
que sobre eso no me mato,
pues al cabo harás lo que
se te pusiere en los cascos.
Y adiós, que esto no es más de
darte la muestra del paño:
si no te agrada la pieza,
no desenvuelvas el fardo.

3 comentarios octubre 5, 2006 Goly

Poemas de Carmen Martín Gaite para Celia Pallejá

Mi muy querida amiga Celia me ha hecho una petición, ¡la primera que recibe este blog!. Uno de sus poemas favoritos, Jaculatoria, de la maravillosa Carmen Martín Gaite
Como estamos de rebajas, tres por uno.




Jaculatoria

No te mueras todavía.
Tu tristeza a mí me salva
lo mismo que tu alegría.
Malva al alba,
amarillo al mediodía
y a la noche otra vez malva.
No te mueras todavía.

No tienes un color fiel,
te van todos los colores
de la gama.
Ocre si estás en la cama,
verde si estás en la hiel,
gris acero si cruel,
azul negro en la porfía
y colorado en la llama
de fiesta y de rebeldía.
Que no te cuelguen cartel,
no te mueras todavía.

Echa tus tonos al día
como a una hoguera y confía,
que lo que arde no se pierde.
Me caliento en tus colores.
Aún te quedan resplandores
de naranja y ya eres verde
con una estría de rojo
y de turquesa otra estría.
Tu confusión es la mía
y en mi espejo la recojo.
No te mueras todavía.

Ni te quedes condenado
sólo al blanco o al morado,
ni te vuelvas transparente,
tan simple y desustanciado
como te quiere la gente.
Tú engrosa el caldo del día
que aún hay quien oye y quien siente
lo pasado y lo presente.
No te mueras todavía.

Y en tiempo de incertidumbre
arde también en su lumbre,
tan exenta de color
que corroe los que había.
No caigas en la costumbre
de inventar vida y amor
si el almacén se vacía.
A pie quieto en el terror,
a solas en la agonía
y aun cuando nada te alumbre,
no te mueras todavía.

 

Pídeme que esté alegre

 

Aún me entra cielo azul,
y lo miro en mis charcos
reflejado a jirones.

 

Pídeme que esté alegre.
Si tú me lo pidieras,
en un caballo blanco subiría,
en un caballo bravo y montaraz.

 

Pídeme que esté alegre
y correré a ponerme
atavíos de fiesta,

abriré las cien puertas de mi casa
y saldré entre piruetas
y saltos de través
aturdida de sol,
y a las verdes palomas
daré migas de pan.

Pídeme que esté alegre.
En un caballo blanco correría,
en un caballo loco y montaraz,
si tú me lo pidieras.

Campana de Cristal

A veces yo querría haber seguido
en aquella campana de cristal,
todo limpio y pulido,
tamizada la luz, clara e igual.

Pero estas inherentes cicatrices
grabadas día a día en la memoria
en muebles y pasillos,
en lo que digo y dices,
han escrito una densa y sofocante historia
ceniza que se cuela entre visillos.

Sol frío, luz de nieve, resplandor;
por la Plaza Mayor
cruzo con mi cartera de estudiante;
mi madre dice desde el mirador
de la casa varada, apaciguante.

Quédate aquí, no crezcas, que es peor.
A veces yo querría haber seguido
en aquella campana de cristal,
todo limpio y pulido,
tamizada la luz, clara e igual.

Carmen Martín Gaite

4 comentarios octubre 3, 2006 Goly

Algunos poemas de Delmira Agustini








Mis amores

Hoy han vuelto.

Por todos los senderos de la noche han venido

A llorar en mi lecho.

¡Fueron tantos, son tantos!

Yo no sé cuáles viven, yo no sé cuál ha muerto.

Me lloraré a mi misma para llorarlos todos.

la noche bebe el llanto como un pañuelo negro.

Hay cabezas doradas al sol, como maduras…

Hay cabezas tocadas de sombra y de misterio,

cabezas coronadas de una espina invisible,

cabezas que sonrosa la rosa del ensueño,

cabezas que se doblan a cojines de abismo,

cabezas qui quisieran descansa en el cielo,

algunas que no alcanzan a oler a primavera,

y muchas que trascienden a flores del invierno.

Todas esas cabezs me duelen como llagas…

Me duelen como muertos…

¡Ah!… y los ojos… los ojos me duelen más: ¡son dobles!…

Indefinidos, verdes, grises, azules, negros,

abrasan si fulguran;

Son caricia, dolor, constelación, infierno.

Sobre toda su luz, sobre todas sus llamas,

se iluminó mi alma y se templó mi cuerpo.

Ellos me dieron sed de todas esas bocas…

De todas esas bocas que florecen mi lecho:

vasos rojos o palitos de miel o de amrura,

con lises de armonía o rosas de silencio

de todos estos vasos donde bebí la vida,

de todos estos vasos donde la muerte bebo…

El jardín de sus bocas venenosos, embriagante,

en donde respiraba sus almas y sus cuerpos,

humedecido en lágrimas

ha cercado mi lecho…

Y las manos, las manos colmadas de destinos

secretos y alhajadas de anillos de misterio…

Hay manos que nacieron con guantes de caricia,

manos que están colmadas de la flor del deseo,

manos en que se siente un puñal nunca visto,

manos en que se ve un intangible centro;

pálidas o morenas, voluptuosas o fuertes,

en todas, todas ellas puede engarzar un sueño.

Con tristeza de almas,

se doblegan los cuerpos,

sin velos, santamente

vestidos de deseo.

Imanes de mis brazos, panales de mi entraña,

como a invisible abismo se inclinan en mi lecho…

¡Ah, entre todas las manos yo he buscado tus manos!

Tu boca entre la bocas, tu cuerpo entre los cuerpos,

de todas las cabezas yo quiero tu cabeza,

de todos esos ojos, tus ojos sólos quiero.

Tú eres el más triste, por ser el más querido,

tú has llegado el primero por venir de más lejos…

¡ Ah, la cabeza oscura que no he tocao nunca

y las pupilas claras que miré tanto tiempo!

Las orejas que ahondamos la tarde y yo inconscientes,

la palidez extraña que doblé sin saberlo,

ven a mí: mente a mente;

ven a mí: cuerpo a cuerpo.

Tú me dirás qué has hecho de mi primer suspiro,

tú me dirás qué has hecho del sueño de aquel beso…

me dirás si lloraste cuando te dejé solo…

¡Y me dirás si has muerto!…

Si has muerto,

mi pena enlutará la alcoba plenamente,

y estrecharé tus hombros hasta apagar mi cuerpo.

Y en el silencio ahondado de tiniebla,

y en la tiniebla ahondado de silencio,

nos velará llorando, llorando hasta morirse,

nuestro hijo: el recuerdo.

Delmira Agustini

Añadir comentario octubre 1, 2006 Goly

Poemas de Sylvia Plath












CANCIÓN DE AMOR DE LA JOVEN LOCA

” Cierro los ojos y el mundo muere;
Levanto los párpados y nace todo nuevamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
Sin sentir galopa la negrura:
Cierro los ojos y el mundo muere.

Soñé que me hechizabas en la cama
Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:
Escapan serafines y soldados de satán:
Cierro los ojos y el mundo muere.

Imaginé que volverías como dijiste,

Pero crecí y olvidé tu nombre.

(Creo que te inventé en mi mente).

 


Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;
Al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.
Cierro los ojos y el mundo muere.
(Creo que te inventé en mi mente).


LÍMITE
(El último poema que escribe, la víspera del suicidio)

La mujer alcanzó la perfección.

Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de realización,

la apariencia de una necesidad griega

fluye por los pergaminos de su toga,

sus pies desnudos parecen decir,

hasta aquí hemos llegado, se acabó.

Los niños muertos, ovillados, blancas serpientes,

uno a cada pequeña jarra de leche ahora vacía.

Ella los ha plegado de nuevo hacia su cuerpo;

así los pétalos de una rosa cerrada,

cuando el jardín se envara

y los olores sangran de las dulces gargantas

profundas de la flor de la noche.

La luna no tiene por qué entristecerse,

mirando con fijeza desde su capucha de hueso.

Está acostumbrada a este tipo de cosas.

Sus negros crepitan y se arrastran.

Sylvia Plath

Añadir comentario octubre 1, 2006 Goly

Algunos poemas de Gioconda Belli


Y Dios me hizo mujer

Y dios me hizo mujer,
de pelo largo,
ojos,
nariz y boca de mujer.
Con curvas
y pliegues
y suaves hondonadas
y me cavó por dentro,
me hizo un taller de seres humanos.
Tejió delicadamente mis nervios
y balanceó con cuidado
el número de mis hormonas.
Compuso mi sangre
y me inyectó con ella
para que irrigara
todo mi cuerpo;
nacieron así las ideas,
los sueños,
el instinto.
Todo lo que creó suavemente
a martillazos de soplidos
y taladrazos de amor,
las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días
por las que me levanto orgullosa
todas las mañanas
y bendigo mi sexo.

REGLAS DEL JUEGO PARA LOS HOMBRES
QUE QUIERAN AMAR A MUJERES MUJERES

I

El hombre que me ame
deberá saber descorrer las cortinas de la piel,
encontrar la profundidad de mis ojos
y conocer lo que anida en mí,
la golondrina transparente de la ternura.

II

El hombre que me ame
no querrá poseerme como una mercancía,
ni exhibirme como un trofeo de caza,
sabrá estar a mi lado
con el mismo amor
conque yo estaré al lado suyo.

III

El amor del hombre que me ame
será fuerte como los árboles de ceibo,
protector y seguro como ellos,
limpio como una mañana de diciembre.

IV

El hombre que me ame
no dudará de mi sonrisa
ni temerá la abundancia de mi pelo,
respetará la tristeza, el silencio
y con caricias tocará mi vientre como guitarra
para que brote música y alegría
desde el fondo de mi cuerpo.

V

El hombre que me ame
podrá encontrar en mí
la hamaca donde descansar
el pesado fardo de sus preocupaciones,
la amiga con quien compartir sus íntimos secretos,
el lago donde flotar
sin miedo de que el ancla del compromiso
le impida volar cuando se le ocurra ser pájaro.

VI

El hombre que me ame
hará poesía con su vida,
construyendo cada día
con la mirada puesta en el futuro.

VII

Por sobre todas las cosas,
el hombre que me ame
deberá amar al pueblo
no como una abstracta palabra
sacada de la manga,
sino como algo real, concreto,
ante quien rendir homenaje con acciones
y dar la vida si es necesario.

VIII

El hombre que me ame
reconocerá mi rostro en la trinchera
rodilla en tierra me amará
mientras los dos disparamos juntos
contra el enemigo.

IX

El amor de mi hombre
no conocerá el miedo a la entrega,
ni temerá descubrirse ante la magia del enamoramiento
en una plaza llena de multitudes.
Podrá gritar -te quiero-
o hacer rótulos en lo alto de los edificios
proclamando su derecho a sentir
el más hermoso y humano de los sentimientos.

X

El amor de mi hombre
no le huirá a las cocinas,
ni a los pañales del hijo,
será como un viento fresco
llevándose entre nubes de sueño y de pasado,
las debilidades que, por siglos, nos mantuvieron separados
como seres de distinta estatura.

XI

El amor de mi hombre
no querrá rotularme y etiquetarme,
me dará aire, espacio,
alimento para crecer y ser mejor,
como una Revolución
que hace de cada día
el comienzo de una nueva victoria.

Gioconda Belli

Añadir comentario octubre 1, 2006 Goly

Alejandra Pizarnik.

LA ENAMORADA

Pizarnik

esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues.

hoy te miraste en el espejo
y te fue triste estabas sola
la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió

enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

(Alejandra Pizarnik, de La última inocencia, 1956)

Fragmentos para dominar el silencio

Pizarnik

I

Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.


II

Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.
Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores.

No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris.


III

La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aún si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.

(Alejandra Pizarnik, de La extracción de la piedra de la locura, 1968)


Añadir comentario octubre 1, 2006 Goly

Dramaturgia “La hermana de Shakespeare”


El grupo de Teatro Perro de la Universidad Complutense de Madrid representará esta tarde, a las 18 horas, en el Paraninfo de la Universidad, la dramaturgia de Cayetana Martínez para la celebración del 75º aniversario del voto femenino en España.
Esta es su dramaturgia:

LA HERMANA DE SHAKESPEARE Homenaje en una estampa

Entran cinco mujeres, vestidas de negro, preferentemente con falda negra larga, lo más larga posible. La última lleva por encima un velo negro también que la cubre toda. Llevan en la mano un ramito de rosas rojas. Se sientan en semicírculo abierto al público, en cuatro sillas que estarán preparadas desde antes de que ellas salgan. La mujer del velo se coloca detrás de las sentadas, en el medio, y de cara al público. Todas dejan los ramitos a sus pies, bien visibles, y reposan las manos en las rodillas, cruzadas, y con la vista clavada en los ramitos a sus pies. Las mujeres semejan el espíritu del anónimo, que no se hace notar porque teme molestar, porque sabe que molesta. Pero no sabe por qué.

Mujer 1- (Virginia Woolf) Los gatos no van al cielo, (el resto suspira), las mujeres no pueden escribir las obras de Shakespeare, (el resto crispa las manos tal como las tenía y contienen, una décima de segundo, la respiración). Dejadme imaginar lo que hubiera sucedido si Shakespeare hubiese tenido una hermana maravillosamente dotada. (ellas siguen la historia: primero van levantando la vista hacia delante, luego la cabeza, y lo ven todo, como en una película, reaccionando discretísimamente), Es muy probable que Shakespeare fuera a la escuela; aprendería latín, y los elementos de la gramática y la lógica. Él fue, como es sabido, un chico turbulento, cazador que quizá mató un ciervo, y que tuvo que casarse con una chica de barrio que le dio un hijo bastante más deprisa de lo aceptable. Esto lo llevó a Londres en busca de fortuna. Tenía, al parecer, afición al teatro; empezó sujetando caballos a la puerta del escenario. Pronto medró, se convirtió en un actor famoso, y vivió en el meollo del universo, siendo presentado a todo el mundo, conociendo a todo el mundo, ejercitando su arte en las tablas, poniendo a prueba su ingenio en las calles, llegando incluso a acceder al palacio de la reina (apogeo del discreto entusiasmo). Entratanto, su hermana de extraordinario talento, se quedó en casa, (ellas siguen esta “otra” historia con otra expresión, con sentimientos contenidos, emociones que no se manifiestan. Conocen bien esa historia). Era tan aventurera, tan imaginativa, tan curiosa por ver el mundo como él. Pero no fue a la escuela. No tuvo la oportunidad de aprender gramática y lógica. Cogería un libro de vez en cuando, quizá uno de los de su hermano. Pero entonces entrarían sus padres y le dirían que zurciera los calcetines, vigilara el guiso y no se distrajera con libros y papeles. Le hablarían con firmeza pero bondadosamente, pues eran gente de bien que conocía las condiciones de vida de una mujer y amaban a su hija. Tal vez garabatearía a hurtadillas algunas páginas en el desván de las manzanas, pero se cuidó bien de esconderlas o de echarlas al fuego. Pronto, antes de que acabara su adolescencia, sería prometida al hijo de un tratante de lanas de la vecindad. Diría a gritos que su matrimonio le resultaba odioso y su padre la azotaría violentamente por ello. Luego dejaría de reñirla. Le suplicaría que no le hiciese daño, que no le avergonzara. Le daría una tira de perlas, o un bonito traje. ¿Cómo podría ella desobedecerle? ¿Cómo podría partirle el corazón?
Sólo la fuerza de su propio talento la llevó a ello. (Ellas están ahora con el corazón en un puño, esta parte de la historia sólo la habían soñado. Alguna vez). Hizo con sus pertenencias un pequeño hatillo, se descolgó por una cuerda en una noche de verano y se encaminó hacia Londres. No había cumplido los diecisiete. Los pájaros que cantaban en el seto no eran más melodiosos que ella. Tenía una imaginación de lo más rápida –un talento como el de su hermano- para la melodía de las palabras. Como él, ella tenía afición al teatro. Esperó a la puerta del escenario; quería ser actriz, -dijo-. Los hombres se le rieron en la cara. El empresario soltó una risotada. Bramó algo sobre los perros laneros que bailan y las mujeres que actúan: que no podrían nunca hacerlo bien… pero que sorprendía que pudiesen siquiera intentarlo. Una mujer nunca podría ser actriz. Insinuó…:podéis imaginar qué. No podría formarse en el oficio. ¿podría siquiera cenar una taberna o rondar las calles a medinoche?… ¿Viajar?…
Pero ella tenía el genio de la literatura y anhelaba nutrirse ávidamente de las vidas de mujeres y hombres y del estudio de sus modos de ser.
Al final –pues era muy joven, de rostro particular, como Shakespeare el poeta, con los mismos ojos grises y las cejas arqueadas- al final, el diractor de repertorio se apiadó de ella; se encontró embarazada de este señor y de su piedad y entonces -¿quién podría medir el ardor y la violencia de un corazón de poeta atrapado y enredado en un cuerpo de mujer? – entonces se suicidó una noche de invierno y está enterrada en un cruce de caminos, donde paran ahora los autobuses…
Así es, más o menos –pienso- cómo habría sido la historia si una mujer de la época de Shakespeare hubiera tenido el talento de Shakespeare. Cualquier mujer que naciera con talento en ese tiempo con seguridad se volvería loca. Torturada por sus propios instintos en lucha con su educación; perdida la salud y la cordura. Se habría suicidado o habría acabado sus días en una choza solitaria fuera del pueblo, medio bruja, medio maga, temida y burlada.
Por mi parte coincido con los eruditos que mantienen que era impensable que una mujer en aquella época tuviese el talento del inmortal poeta. Porque un genio como el de Shakespeare no nace entre gente trabajadora, ineducada y servil. No nace hoy entre la clase obrera. ¿Cómo, entonces, hubiera podido nacer entre mujeres? (Todas las mujeres susurran: en silencio, en silencio… con murmullo creciente. En medio de ese murmullo una mujer habla más alto, las otras siguen)
Mujer 2 (Marguerite Yourcernar): Los silencios están llenos de palabras que no se dicen, palabras amordazadas, mutiladas…

Ellas van acompañar con su cuerpo las palabras de las otras.

Mujer 3 (Emily Dickinson):
El corazón pide placer primero,
después, ser excusado del dolor
y luego esos pequeños gozos anodinos
que ahogan el sufrimiento.
Y luego ir a dormir
y más tarde, si esa fuera
la voluntad de su Inquisidor
el privilegio de morir.
Mujer 1 : Jane Asten se alegraba de que chirriase una bisagra para poder esconder su manuscrito antes de que entrara alguien. Para Jane Austen, había descrédito en escribir…
Mujer 3:
” No era la muerte, pues yo estaba de pie y todos los muertos están acostados, no era de noche, pues todas las campanas agitaban sus badajos a mediodía, no había helada pues en mi piel sentí sirocos reptar, ni fuego pues sólo mis pies de mármol podían helar un santuario, y sin embargo, se parecían a todas las figuras que yo había visto ordenadas para un entierro, rememoraba el mío, como si mi vida fuera recortada y calzada en una marco, y no pudiera respirar sin una llave, y era como si fuera medianoche, ciertas.
Mujer 2:
No hay amores estériles. Y es inútil tomar precauciones. Cuando te dejo llevo dentro de mí el dolor, como una especie de hijo horrible.
Mujer 4 (Adrienne Rich):
Porque ya no somos jóvenes,
las semanas han de bastar por los años sin conocernos.
Sólo esa extraña curva del tiempo me dice que ya no somos jóvenes.

¿Caminé yo acaso por las calles en la madrugada,
a los veinte, con la piernas temblándome y los brazos en éxtasis más pleno?
¿Acaso me asomé por alguna ventana buscando la ciudad atenta al futuro,
como ahora aquí, esperando tu llamada?
Con el mismo ritmo tú te aproximaste a mí.

Son eternos tus ojos, verde destello de la hierba verde azulada del comienzo del verano.
Sí. A los veinte creíamos ser eternas.
A los cuarenta y cinco deseo conocer incluso nuestros límites.

Te acaricio ahora, y sé que no nacimos mañana,
y que de algún modo tú y yo nos ayudaremos a vivir,
y en algún lugar
cada una debe ayudar a la otra a morir.
Mujer 2: ¡Que aburrido hubiera sido ser feliz!
Mujer 4:
Sé que estás leyendo este poema
tarde, antes de dejar tu oficina
de la única lámpara amarillo intenso y la ventana que se va oscureciendo
en la lasitud de un edificio fundido al silencio mucho después de la hora pico.

Sé que estás leyendo este poema
parada en una librería lejos del océano
en un día gris del principio de la primavera,
débiles copos arrastrados por los enormes espacios de las planicies a tu alrededor.

Sé que estás leyendo este poema
en una habitación donde demasiado ha sucedido como para que lo soportes
donde las sábanas se enroscan estancadas en la cama y la valija abierta habla de huida
pero todavía no puedes irte.

Sé que estás leyendo este poema
mientras el subterráneo pierde velocidad
y antes de subir corriendo las escaleras
hacia una nueva clase de amor que tu vida nunca permitió.

Sé que estás leyendo este poema
a la luz de la pantalla del televisor
donde imágenes sin sonido se sacuden
y deslizan mientras esperás el noticiero de la intifada.

Sé que estás leyendo este poema
en una sala de espera de ojos encontrados
y que no se encuentran,
de identidad con extraños.

Sé que estás leyendo este poema
con luz fluorescente en el aburrimiento y la fatiga de jóvenes contados,
que se descuentan a sí mismos,
a una edad demasiado temprana.

Sé que estás leyendo este poema
con tu vista debilitada,
los gruesos lentes agrandando estas letras más allá de todo significado
y sin embargo sigues leyendo porque hasta el alfabeto es precioso.

Sé que estás leyendo este poema
caminando por la cocina calentando leche,
un bebé llorando sobre tu hombro,
un libro en tu mano porque la vida es corta y tú también tienes sed.

Sé que estás leyendo este poema
que no está en tu idioma
adivinando algunas palabras mientras otras te hacen seguir leyendo
y quiero saber cuáles son esas palabras.

Sé que estás leyendo este poema
escuchando,
desgarrada entre la amargura y la esperanza
volviendo una vez más a la tarea que no puedes rehuir.

Sé que estás leyendo este poema
porque ya no queda otra cosa que leer
ahí donde aterrizaste,
desnuda como estás.

Mujer 1: El anonimato corre por sus venas, todavía les posee el deseo de ir veladas y, en general, pasarán delante de un poste sin sentir el deso irrefrenable de grabar su nombre en él…
Mujer 5: (Audre Lorde):
Quién dijo que era simple
Tiene tantas raíces el árbol de la rabia
que a veces las ramas se quiebran
antes de dar frutos.
Sentadas en Nedicks
las mujeres se reúnen antes de marchar
hablando de las problemáticas muchachas
que contratan para quedar libres.
Un empleado casi blanco posterga
a un hermano que espera para atenderlas primero
y las damas no advierten ni rechazan
los placeres más sutiles de su esclavitud.
Pero yo que estoy limitada por mi espejo
además de por mi cama
veo causas en el color
además de en el sexo
y me siento aquí preguntándome
cuál de mis yo sobrevivirá
a todas estas liberaciones.
Mujer 2:
Cuerpo llevando el alma, siempre vanamente
Vuelvo a pensar en ti y te vuelvo a olvidar;
Corazón infinito en el cáliz naciente;
Boca que busca el nuevo verbo de besar.

Mares de navegar, fuentes para beber;
Trigo y vino ritual en la mesa mezclados;
Refugio de dulzura el vago adormecer;
Tierra que se despliega en los pasos alados.

Aire que me llenas de espacio y de equilibrio;
Nervios por donde viaja el cóncavo delirio;
Mirada interrumpida en el vasto universo.

Cuerpo, compañero, juntos nos moriremos.
No puedo no querer la sombra que tenemos,
No apresar con ella el resplandor de un verso.
Mujer 1: Escuché decir a un crítico que dijo que las mujeres escritoras no deberían aspirar a sobresalir más que reconociendo valientemente las limitaciones de su sexo…
Mujer 4:
Y yo distingo a una mujer
Que amaba ahogándose en secretos,
con una temible herida
Alrededor de su garganta que la rodea tal como los cabellos.
Volviéndose a un lado de dolor,
es arrastrada cada vez mas profundo
Donde no me puede escuchar,
Y enseguida me doy cuenta yo
que estaba hablando con mi alma.
Mujer 2:
Vi mi corazón hundirse en la cavidad negra de las olas
y en el abismo del viento donde va lo que muere.
Lo vi descender el pozo de las tormentas,
Vi su sangre tibia manchar el mar inmenso.
Como un sol herido que naufraga victorioso
Dejando por detrás la nada y la demencia;
Lo vi tragado por la noche que comienza
Y luego ya no vi más lo que era mi corazón

Mujer 3:
… Cuando todo lo que late se detiene y el espacio mira a su alrededor la espeluznante helada, el primer otoño que llora repele la apaleada tierra, pero todo como el caos interminable, insolente, sin esperanza, sin mástil, ni siquiera un informe de la tierra para justificar la desesperación.
Mujer 5: Tu silencio no te protegerá
Ellas vuelven a la posición inicial, sentadas…
Mujer 1: Os he dicho que Shakespeare tenía una hermana, pero no la busquéis en la biografía del escritor. Ella murió joven, y no escribió una sola palabra … está enterrada donde paran los autobuses… Yo creo que esta poeta que no escribió una sola palabra y fue enterrada en un crce de caminos, sigue viva. Vive en vosotras y en mí, y en otras muchas mujeres que no están aquí ahora, porque están fragando los platos y ocupándose de sus hijos e hijas.
Mujer 2: No me mataré. Se olvidan tan pronto de los muertos…
Mujer 3: No, no era la muerte…
Mujer 1: Pero ella vive, le basta una pequeña oportunidad para encarnarse en nosotras. Empezáis a tener el poder de darle esa oportunidad; si tenemos cuartos propios, y la costumbre de la libertad y la valentía de escribir exactamente lo que pensamos…
Mujer 4: Sé que estás leyendo este poema …
Mujer 1: …entonces llegará la ocasión de que la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare se ponga el cuerpo que tan a menudo ha depuesto… Que ella llegue sin esa preparación, sin ese esfuerzo nuestro, sin la determinación de que cuando nazca le será posible vivir y escribir su poesía… sería imposible.
Pero yo sostengo que vendrá si trabajamos para ella, y que trabajar así, incluso en la pobreza y la oscuridad, merece la pena.
Mujer 5: Tu silencio no te protegerá…

Las mujeres toman sus ramitos de rosas, y se van entre el público, deshaciendo las flores sobre las cabezas del público mientras repiten sus últimas frases, cada cual la suya, y la Mujer 1, repite la última que dice. Cuando han deshojado la flor última, quedan en donde estén en posición de congelado…

…Merece la pena.
Vuelven a escenario para Saludo sin telón

Añadir comentario octubre 1, 2006 Goly

Discurso de Clara Campoamor ante las Cortes el 1 de octubre de 1931, donde quedaría aprobado el voto femenino en España


Señores diputados: lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, señorita Kent, comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto hoy en trance de negar la capacidad inicial de la mujer. Creo que por su pensamiento ha debido de pasar, en alguna forma, la amarga frase de Anatole France cuando nos habla de aquellos socialistas que, forzados por la necesidad, iban al Parlamento a legislar contra los suyos.

Respecto a la serie de afirmaciones que se han hecho esta tarde contra el voto de la mujer, he de decir, con toda la consideración necesaria, que no están apoyadas en la realidad. Tomemos al azar algunas de ellas. ¿Que cuándo las mujeres se han levantado para protestar de la guerra de Marruecos? Primero: ¿y por qué no los hombres? Segundo: ¿quién protestó y se levantó en Zaragoza cuando la guerra de Cuba más que las mujeres? ¿Quién nutrió la manifestación pro responsabilidades del Ateneo, con motivo del desastre de Annual, más que las mujeres, que iban en mayor número que los hombres?

¡Las mujeres! ¿Cómo puede decirse que cuando las mujeres den señales de vida por la República se les concederá como premio el derecho a votar? ¿Es que no han luchado las mujeres por la República? ¿Es que al hablar con elogio de las mujeres obreras y de las mujeres universitarias no está cantando su capacidad? Además, al hablar de las mujeres obreras y universitarias, ¿se va a ignorar a todas las que no pertenecen a una clase ni a la otra? ¿No sufren éstas las consecuencias de la legislación? ¿No pagan los impuestos para sostener al Estado en la misma forma que las otras y que los varones? ¿No refluye sobre ellas toda la consecuencia de la legislación que se elabora aquí para los dos sexos, pero solamente dirigida y matizada por uno? ¿Cómo puede decirse que la mujer no ha luchado y que necesita una época, largos años de República, para demostrar su capacidad? Y ¿por qué no los hombres? ¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y han de ponerse en un lazareto los de la mujer?

Pero, además, señores diputados, los que votasteis por la República, y a quienes os votaron los republicanos, meditad un momento y decid si habéis votado solos, si os votaron sólo los hombres. ¿Ha estado ausente del voto la mujer? Pues entonces, si afirmáis que la mujer no influye para nada en la vida política del hombre, estáis –fijaos bien– afirmando su personalidad, afirmando la resistencia a acatarlos. ¿Y es en nombre de esa personalidad, que con vuestra repulsa reconocéis y declaráis, por lo que cerráis las puertas a la mujer en materia electoral? ¿Es que tenéis derecho a hacer eso? No; tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural fundamental, que se basa en el respeto a todo ser humano, y lo que hacéis es detentar un poder; dejad que la mujer se manifieste y veréis como ese poder no podéis seguir detentándolo.

No se trata aquí esta cuestión desde el punto de vista del principio, que harto claro está, y en vuestras conciencias repercute, que es un problema de ética, de pura ética reconocer a la mujer, ser humano, todos sus derechos, porque ya desde Fitche, en 1796, se ha aceptado, en principio también, el postulado de que sólo aquel que no considere a la mujer un ser humano es capaz de afirmar que todos los derechos del hombre y del ciudadano no deben ser los mismos para la mujer que para el hombre. Y en el Parlamento francés, en 1848, Victor Considerant se levantó para decir que una Constitución que concede el voto al mendigo, al doméstico y al analfabeto –que en España existe– no puede negárselo a la mujer. No es desde el punto de vista del principio, es desde el temor que aquí se ha expuesto, fuera del ámbito del principio –cosa dolorosa para un abogado–, como se puede venir a discutir el derecho de la mujer a que sea reconocido en la Constitución el de sufragio. Y desde el punto de vista práctico, utilitario, ¿de qué acusáis a la mujer? ¿Es de ignorancia? Pues yo no puedo, por enojosas que sean las estadísticas, dejar de referirme a un estudio del señor Luzuriaga acerca del analfabetismo en España.

Hace él un estudio cíclico desde 1868 hasta el año 1910, nada más, porque las estadísticas van muy lentamente y no hay en España otras. ¿Y sabéis lo que dice esa estadística? Pues dice que, tomando los números globales en el ciclo de 1860 a 1910, se observa que mientras el número total de analfabetos varones, lejos de disminuir, ha aumentado en 73.082, el de la mujer analfabeta ha disminuido en 48.098; y refiriéndose a la proporcionalidad del analfabetismo en la población global, la disminución en los varones es sólo de 12,7 por cien, en tanto que en las hembras es del 20,2 por cien. Esto quiere decir simplemente que la disminución del analfabetismo es más rápida en las mujeres que en los hombres y que de continuar ese proceso de disminución en los dos sexos, no sólo llegarán a alcanzar las mujeres el grado de cultura elemental de los hombres, sino que lo sobrepasarán. Eso en 1910. Y desde 1910 ha seguido la curva ascendente, y la mujer, hoy día, es menos analfabeta que el varón. No es, pues, desde el punto de vista de la ignorancia desde el que se puede negar a la mujer la entrada en la obtención de este derecho.

Otra cosa, además, al varón que ha de votar. No olvidéis que no sois hijos de varón tan sólo, sino que se reúne en vosotros el producto de los dos sexos. En ausencia mía y leyendo el diario de sesiones, pude ver en él que un doctor hablaba aquí de que no había ecuación posible y, con espíritu heredado de Moebius y Aristóteles, declaraba la incapacidad de la mujer.

A eso, un solo argumento: aunque no queráis y si por acaso admitís la incapacidad femenina, votáis con la mitad de vuestro ser incapaz. Yo y todas las mujeres a quienes represento queremos votar con nuestra mitad masculina, porque no hay degeneración de sexos, porque todos somos hijos de hombre y mujer y recibimos por igual las dos partes de nuestro ser, argumento que han desarrollado los biólogos. Somos producto de dos seres; no hay incapacidad posible de vosotros a mí, ni de mí a vosotros.

Desconocer esto es negar la realidad evidente. Negadlo si queréis; sois libres de ello, pero sólo en virtud de un derecho que habéis (perdonadme la palabra, que digo sólo por su claridad y no con espíritu agresivo) detentado, porque os disteis a vosotros mismos las leyes; pero no porque tengáis un derecho natural para poner al margen a la mujer.

Yo, señores diputados, me siento ciudadano antes que mujer, y considero que sería un profundo error político dejar a la mujer al margen de ese derecho, a la mujer que espera y confía en vosotros; a la mujer que, como ocurrió con otras fuerzas nuevas en la revolución francesa, será indiscutiblemente una nueva fuerza que se incorpora al derecho y no hay sino que empujarla a que siga su camino.

No dejéis a la mujer que, si es regresiva, piense que su esperanza estuvo en la dictadura; no dejéis a la mujer que piense, si es avanzada, que su esperanza de igualdad está en el comunismo. No cometáis, señores diputados, ese error político de gravísimas consecuencias. Salváis a la República, ayudáis a la República atrayéndoos y sumándoos esa fuerza que espera ansiosa el momento de su redención.

Cada uno habla en virtud de una experiencia y yo os hablo en nombre de la mía propia. Yo soy diputado por la provincia de Madrid; la he recorrido, no sólo en cumplimiento de mi deber, sino por cariño, y muchas veces, siempre, he visto que a los actos públicos acudía una concurrencia femenina muy superior a la masculina, y he visto en los ojos de esas mujeres la esperanza de redención, he visto el deseo de ayudar a la República, he visto la pasión y la emoción que ponen en sus ideales. La mujer española espera hoy de la República la redención suya y la redención del hijo. No cometáis un error histórico que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar; que no tendréis nunca bastante tiempo para llorar al dejar al margen de la República a la mujer, que representa una fuerza nueva, una fuerza joven; que ha sido simpatía y apoyo para los hombres que estaban en las cárceles; que ha sufrido en muchos casos como vosotros mismos, y que está anhelante, aplicándose a sí misma la frase de Humboldt de que la única manera de madurarse para el ejercicio de la libertad y de hacerla accesible a todos es caminar dentro de ella.

Señores diputados, he pronunciado mis últimas palabras en este debate. Perdonadme si os molesté, considero que es mi convicción la que habla; que ante un ideal lo defendería hasta la muerte; que pondría, como dije ayer, la cabeza y el corazón en el platillo de la balanza, de igual modo Breno colocó su espada, para que se inclinara en favor del voto de la mujer, y que además sigo pensando, y no por vanidad, sino por íntima convicción, que nadie como yo sirve en estos momentos a la República española.

Clara Campoamor

Añadir comentario octubre 1, 2006 Goly

Previous Posts
  • Entradas recientes

  • Archivos

  • Comentarios recientes

    jeronimo alejandre v… en Poemas de sor Juana Inés de la…
    Jaculatoria «… en Poemas de Carmen Martín Gaite…
    гей лесби знакомства en Poemas de sor Juana Inés de la…
    Chela en Poemas de sor Juana Inés de la…
    Carolina Racca en Querida Dorothy Parker
  • Categorías

  •